Las últimas regiones vírgenes del mundo.
Eugenia Pallares.
Escala, México, abril 2003
"La naturaleza es el arte de Dios", escribió Sir Thomas Browne hacia 1640. A veces, cuando miramos detenidamente una hoja, vemos -como por vez primera- el trazo minucioso de sus vetas, las tenues variaciones del verde, la armónica sencillez de sus líneas, y entramos en contacto con algo del mundo natural que reside en nosotros mismos. Esto es quizá lo que nos hace viajar, en ocasiones sólo con la mente, hacia lugares remotos: bosques que parecen no tener más límite que el horizonte, el intrincado claroscuro de las selvas, las altas nieves de una montaña...
El misterioso impulso que nos mueve a buscar ese encuentro con lo silvestre, el valor estético y espiritual de la naturaleza, ha sido una fuente ancestral de inspiración del arte, la teología, la filosofía e incluso de la ciencia.
La permanencia de lo silvestre
Wilderness no tiene una traducción exacta en español, pero es una palabra que evoca el deseo, la voluntad de la naturaleza. La primordial permanencia de la naturaleza de nuestro planeta es precisamente uno de los retos más grandes que enfrentamos al iniciar este milenio.
La mayoría de las personas suele identificar como área silvestre cualquier espacio con vegetación que no esté urbanizado; sin embargo, los criterios científicos para esta clasificación son mucho más estrictos. Imaginemos que estamos en el corazón de una región que se extiende por más de diez mil kilómetros cuadrados, donde la mayor parte de la vegetación original permanece intacta y donde existen menos de cinco habitantes por kilómetro cuadrado. Inmersos en este escenario, probablemente no nos demos cuenta de la multiplicidad de especies de plantas que alberga, que en algunos casos puede llegar a representar 0.5 por ciento de todas las plantas que existen en el mundo.
A pesar de la creciente expansión de la población humana, hay grandes regiones, como la descrita anteriormente, que aún conservan la esencia de lo natural, de la vocación de vida de la tierra. Durante dos años, el Centro de Ciencias Aplicadas de la Biodiversidad, de la organización Conservation International, se dio a la tarea de identificar las áreas más pristinas (inalteradas) del mundo, en colaboración con un grupo de 200 científicos de diferentes países.
Selvas y desiertos
Son 37 las regiones, desde bosques tropicales lluviosos hasta desiertos, que merecieron la categoría de "área silvestre". Originalmente, estas zonas cubrían en conjunto 81 millones de kilómetros cuadrados; de esa extensión, 46 por ciento se conserva prácticamente intacta. Destacan en el estudio los grupos humanos oriundos, cuyas culturas se han desarrollado en estrecha relación con su ambiente natural y dependen de su conservación para no extinguirse.
Entre las áreas silvestres con mayor diversidad y alto grado de endemismo, es decir, de especies de plantas y animales que habitan exclusivamente en ellas, sobresalen regiones de bosques tropicales húmedos, tradicionalmente consideradas prioritarias, como la Amazonia, y los bosques del Congo y de Nueva Guinea. Sin embargo, una de las sorpresas fue que los desiertos del norte de México y el sudoeste de Estados Unidos forman la región desértica más rica y diversa de la tierra.
Los resultados de esta investigación quedaron publicados en el libro Áreas silvestres, las últimas regiones vírgenes del mundo, esfuerzo conjunto de importantes organizaciones internacionales públicas y privadas, como Conservation lnternational, Cemex y Agrupación Sierra Madre.
Hay innumerables razones -éticas, morales, ecológicas, biológicas, económicas- para conservar las áreas silvestres. Sin embargo, si alguna vez nos ha maravillado el misterio que se esconde en cada hoja, en cada gota de agua, en cada vuelo, sabremos que la conservación de la esencia viva de nuestro planeta no requiere más justificación que su propia naturaleza.



















